¿Qué hacer?
IV. El primitivismo en el trabajo de los economistas y la organización de los revolucionarios
Las afirmaciones de Rab. Dielo, antes analizadas, de que la lucha económica es el medio de agitación política más ampliamente aplicable, de que nuestra tarea consiste ahora en dar a la lucha económica misma un carácter político, etc., demuestran que se tiene una noción estrecha no sólo de nuestras tareas políticas, sino también de las de organización. Para sostener la "lucha económica contra los patronos y el gobierno" es innecesaria en absoluto una organización centralizada de toda Rusia –que, por ello mismo, no puede formarse en el curso de semejante lucha – que agrupe en un solo impulso común todas las manifestaciones de oposición política, de protesta y de indignación; una organización formada por revolucionarios profesionales y dirigida por verdaderos líderes políticos de todo el pueblo. Y se comprende. La estructura de cualquier organismo está determinada, de modo natural e inevitable, pro el contenido de la actividad de dicho organismo. De ahí que Rab. Dielo, con las afirmaciones que hemos examinado anteriormente, consagre y legitime, no sólo la estrechez de la actividad política, sino también la estrechez de la labor de organización. Y en este caso, como siempre, es un órgano de prensa cuya conciencia cede ante la espontaneidad. Sin embargo, el culto a las formas de organización espontáneas, la incomprensión de cuán estrecha y primitiva es nuestra labor de organización, de hasta qué punto somos todavía unos "artesanos" en un terreno tan importante, esta incomprensión, digo yo, es una verdadera enfermedad propia de la decadencia, sino una enfermedad debida al crecimiento. Pero precisamente ahora, cuando la ola de la indignación espontánea nos azota, por decirlo así, a nosotros como dirigentes y organizadores del movimiento, es necesaria en grado sumo la lucha más intransigente contra toda defensa del atraso, contra toda legitimación de la estrechez de miras en este sentido; es necesario en grado sumo despertar, en cuantos toman parte o se proponen tomar parte en la labor práctica, el descontento por los métodos primitivos de trabajo que predominan entre nosotros y la decisión inquebrantable de desembarazarnos de ellos.
a. ¿Qué es el primitivismo en el trabajo?
Intentemos responder a esta pregunta trazando un pequeño cuadro de la actividad de un círculo socialdemócrata típico de los años comprendidos entre 1894 y 1901. Hemos aludido ya a la propensión general de la juventud estudiantil de aquél período hacia el marxismo. Claro que esta propensión no era sólo, e incluso no tanto, hacia el marxismo en calidad de teoría como en calidad de respuesta a la pregunta "¿Qué hacer?", de llamamiento a emprender la campaña contra el enemigo. Y los nuevos guerreros iban a la campaña con un equipo y una preparación primitivos en extremo. En muchísimos casos carecían casi por completo hasta de equipo y no tenían absolutamente ninguna preparación. Iban a la guerra como verdaderos labradores, sin más pertrecho que un garrote en la mano. Falto de todo contacto con los viejos dirigentes del movimiento, falto de toda ligazón con los círculos de otros lugares o hasta de otros puntos de la ciudad (o de otros centros de enseñanza), sin organización alguna de las diferentes partes de la labor revolucionaria, sin ningún plan sistematizado de acción para un período más o menos prolongado, un círculo de estudiantes se ponen en contacto con obreros y empieza a trabajar. Despliega paso a paso una agitación y una propaganda cada vez más vastas, y con su actuación se gana las simpatías de sectores obreros bastante amplios, así como de una parte de la sociedad instruida, que proporciona dinero y pone a disposición del "comité" nuevos y nuevos grupos de jóvenes. Crece el prestigio del comité (o unión de lucha) y aumenta su actividad, que se amplía de un modo espontáneo por completo: las mismas personas que hace un año o unos cuantos meses intervenían en círculos de estudiantes y resolvían el problema de "¿a dónde ir?", que entablaban y mantenían relaciones con los obreros, redactaban e imprimían octavillas, se ponen en contacto con otros grupos de revolucionarios, consiguen publicaciones, emprenden la edición de un periódico local, empiezan a hablar de organizar una manifestación y, por fin, pasan a operaciones militares abiertas (que pueden ser, según las circunstancias, la primera hoja de agitación, el primer número del periódico o la primera manifestación). Y por lo general, en cuanto se inician estas operaciones, se produce un fracaso inmediato y completo. Inmediato y completo precisamente porque dichas operaciones militares no son el resultado de un plan sistemático, bien meditado y preparado poco a poco, de una lucha larga y tenaz, sino sencillamente el crecimiento espontáneo de una labor de círculo efectuada de acuerdo con la tradición. Porque la policía, como es natural, conoce casi siempre a todos los dirigentes principales del movimiento local, que se han "acreditado" ya en las aulas universitarias, y sólo espera el momento más propicio para hacer la redada, consistiendo adrede que el círculo se extienda y se desarrolle en grado suficiente para contar con un corpus delicti palpable, y dejando cada vez intencionadamente unas cuantas personas, de ella conocidas, "como semilla" (expresión técnica que emplean, según mis noticias, tanto los nuestros como los gendarmes). Es forzoso comparar semejante guerra con una campaña de bandas de campesinos armados de garrotes contra un ejército moderno. Y es de admirar la vitalidad de un movimiento que se ha extendido, crecido y conquistado victorias pese a la completa falta de preparación de los combatientes. Es cierto que, desde le punto de vista histórico, el carácter primitivo del equipo era al principio no sólo inevitable, sino incluso legítimo, como una de las condiciones que permitía atraer a gran número de combatientes. Pero en cuanto empezaron las operaciones militares serias (y empezaron ya, en realidad, con las huelgas del verano de 1896), las deficiencias de nuestra organización de combate se hicieron sentir cada vez más. El gobierno se desconcertó al principio y cometió una serie de errores (por ejemplo, contar a la opinión pública monstruosidades de los socialistas o deportar a obreros de las capitales a centros industriales de provincias), pero no tardó en adaptarse a las nuevas condiciones de la lucha y supo colocar en los lugares adecuados sus destacamentos de provocadores, espías y gendarmes, pertrechados con todos los medios modernos. Las redadas se hicieron tan frecuentes, abarcaron a un número tan grande de personas y barrieron los círculos locales hasta el punto de que la masa obrera quedó lo que se dice sin dirigentes, y el movimiento adquirió un carácter esporádico increíble, siendo imposible en absoluto establecer continuidad ni conexión alguna en el trabajo. El pasmoso fraccionamiento de los militantes locales, la composición fortuita de los círculos, la falta de preparación y la estrechez de horizontes en el terreno de los problemas teóricos, políticos y orgánicos eran consecuencia inevitable de las condiciones descritas. Las cosas han llegado al extremo de que, en algunos lugares, los obreros, a causa de nuestra falta de firmeza y de hábitos de lucha clandestina, desconfían de los intelectuales y se apartan de ellos: ¡los intelectuales, dicen, originan fracasos por su acción demasiado irreflexiva!
Cuantos conozcan, por poco que sea, el movimiento saben que todos los socialdemócratas reflexivos perciben, al fin, que el primitivismo en el trabajo es una enfermedad. Mas para que no crea el lector no iniciado que "construimos" con artificio, una fase especial o una enfermedad peculiar del movimiento, nos remitiremos al testigo ya citado. Que se nos disculpe la extensión de la cita.
"Si el paso gradual a una actividad práctica más amplia –escribe B-v (73) en el número 6 de Rab. Dielo-, paso que depende directamente del período general de transición por que atraviesa el movimiento obrero ruso, es un rasgo característico…, existe otro rasgo no menos interesante en el mecanismo general de la revolución obrera rusa. Nos referimos a la escasez general de fuerzas revolucionarias aptas para la acción*, que se deja sentir no sólo en San Petersburgo, sino en toda Rusia. A la par con la intensificación general del movimiento obrero, con el desarrollo general de la masa obrera, con la creciente frecuencia de las huelgas y con la lucha de masas de los obreros, cada día más abierta –lo que recrudece las persecuciones gubernamentales, las detenciones, los destierros y las deportaciones -, se hace más y más patente esta escasez de fuerzas revolucionarias de alta calidad y, sin duda, no deja de influir en la profundidad y el carácter general del movimiento. Muchas huelgas transcurren sin una influencia enérgica y directa de las organizaciones revolucionarias…, se deja sentir la escasez de hojas de agitación y de publicaciones clandestinas… los círculos obreros se quedan sin agitadores… Al mismo tiempo se deja notar la falta constante de dinero. En una palabra, el crecimiento del movimiento obrero rebasa al crecimiento y al desarrollo de las organizaciones revolucionarias. Los efectivos de revolucionarios activos resultan demasiado insignificantes para concentrar en sus manos la influencia sobre toda la masa obrera en efervescencia y para dar a todos los disturbios aunque sea un asomo de armonía y organización… Los círculos y los revolucionarios no están unidos, no están agrupados, no constituyen una organización única, fuerte y disciplinada, con partes metódicamente desarrolladas"… Y después de hacer constar que el surgimiento inmediato de nuevos círculos en lugar de los aniquilados "demuestra tan sólo la vitalidad del movimiento…, pero no prueba que exista una cantidad suficiente de militantes revolucionarios plenamente aptos", el autor concluye: "La falta de preparación práctica de los revolucionarios petersburgueses se refleja también en los resultados de su labor. Los últimos procesos, y en particular los de los grupos Autoemancipación y Lucha del Trabajo contra el Capital (74), han demostrado claramente que un agitador joven que no conozca al detalle las condiciones del trabajo y, por consiguiente, de la agitación en una fábrica determinada, que no conozca los principios de la clandestinidad y que sólo haya asimilado" (¿asimilado?) "las ideas generales de la socialdemocracia, puede trabajar unos cuatro, cinco o seis meses. Luego viene la detención, que muchas veces acarrea el aniquilamiento de toda la organización o, por lo menos de una parte de ella. Cabe preguntar: ¿puede un grupo actuar con éxito, con fruto, cuando su existencia está limitada a unos cuantos meses? Es evidente que los defectos de las organizaciones existentes no pueden atribuirse por entero al período de transición…; es evidente que la cantidad y, sobre todo, la calidad de los componentes de las organizaciones activas desempeñan aquí un papel de no escasa importancia, y la tarea primordial de nuestros socialdemócratas… debe consistir en unificar realmente las organizaciones con una selección rigurosa de sus miembros".
* La cursiva en toda la cita es nuestra.
b. El primitivismo en el trabajo y el economismo
Debemos analizar ahora una cuestión que, sin duda, se plantean ya los lectores: ¿puede establecerse una relación entre le primitivismo en el trabajo, como enfermedad de crecimiento que afecta a todo el movimiento, y el "economismo", como una tendencia de la socialdemocracia rusa? Creemos que sí. La falta de preparación práctica y la falta de habilidad en la labor de organización son, en efecto, cosas comunes a todos nosotros, incluso a quienes desde el primer momento han sustentado con firmeza el punto de vista del marxismo revolucionario. Y es cierto que nadie podría culpar de esta falta de preparación, por sí sola, a los militantes dedicados a la labor práctica. Pero, además de la falta de preparación, el concepto "primitivismo en el trabajo" implica también otra cosa: el reducido alcance de toda la actividad revolucionaria en general, la incomprensión de que con esta labor estrecha es imposible constituir una buena organización de revolucionarios y, por último –y eso es lo principal -, las tentativas de justificar esta estrechez y erigirla en una "teoría" particular, es decir, el culto a la espontaneidad también en este terreno. En cuanto se manifestaron tales tentativas se manifestaron en dos direcciones. Unos empezaron a decir: la propia masa obrera no ha planteado aún tareas políticas tan amplias y combativas como las que quieren "imponerle" los revolucionarios, debe luchar todavía por reivindicaciones políticas inmediatas, sostener "la lucha económica contra los patronos y el gobierno"* (y a esta lucha "accesible" al movimiento de masas corresponde, como es natural, una organización "accesible" incluso a la juventud menos preparada). Otros, alejados de toda "gradación", comenzaron a decir: se puede y se debe "hacer la revolución política", mas para eso no hay necesidad alguna de crear una fuerte organización de revolucionarios que eduque al proletariado en una lucha firme y tenaz; para eso basta con que empuñemos todos el garrote ya conocido y "asequible". Hablando sin alegorías: que organicemos la huelga general**; o que estimulemos el "indolente" desarrollo del movimiento obrero por medio del "terrorismo excitante"***. Ambas tendencias, los oportunistas y los "revolucionistas", capitulan ante el primitivismo imperante en el trabajo, no confían en que sea posible desembarazarse de él, no comprenden nuestra primera y más urgente tarea práctica: crear una organización de revolucionarios capaz de asegurar a la lucha política energía, firmeza y continuidad.
* Rab. Mysl y Rab. Dielo, sobre todo la Respuesta a Plejánov.
** ¿Quién hará la revolución política?, folleto publicado en Rusia en la recopilación La lucha proletaria y reeditado por el comité de Kíev.
*** Renacimiento del revolucionarismo y Svoboda.
Acabamos de citar las palabras de B-v: "El crecimiento del movimiento obrero rebasa el crecimiento y el desarrollo de las organizaciones revolucionarias". Esta "valiosa noticia de un observador directo" (comentario de la redacción de Rabócheie Dielo al artículo de B-v) tiene para nosotros un doble valor. Demuestra que teníamos razón al considerar que la causa fundamental de la crisis por que atraviesa en la actualidad la socialdemocracia rusa está en el atraso de los dirigentes ("ideólogos", revolucionarios, socialdemócratas) respecto al movimiento ascensional espontáneo de las masas. Demuestra que todas esas disquisiciones de los autores de la carta"economista" (en el núm. 12 de Iskra), de B. Krichevski y Martínov, sobre el peligro de disminuir la importancia del elemento espontáneo, la monótona lucha cotidiana, la táctica-proceso, etc., son precisamente una defensa y una exaltación del primitivismo en el trabajo. Esos hombres, que no pueden pronunciar la palabra "teórico" sin una mueca de desprecio y que llaman "intuición de la vida" a su prosternación ante la falta de preparación para la vida y ante el desarrollo insuficiente, demuestran de hecho que no comprenden nuestras tareas prácticas más imperiosas. Gritan a quienes se han rezagado: "¡Seguid el paso! ¡No os adelantéis!" Y a quienes adolecen de falta de energía y de iniciativa en la labor de organización, de falta de "planes" para organizar las cosas con amplitud y valentía ¡les hablan de la "táctica-proceso"! Nuestro pecado capital consiste en rebajar nuestras tareas políticas y orgánicas al nivel de los intereses inmediatos, "palpables", "concretos" de la lucha económica cotidiana, pero siguen cantándonos; ¡hay que imprimir a la lucha económica misma un carácter político! Repetimos: eso es literalmente la misma "intuición de la vida" que demostraba poseer el personaje de la épica popular que gritaba al paso de un entierro: "¡Ojalá tengáis siempre uno que llevar!"
Recuerden la incomparable presunción, verdaderamente digna de Narciso, con que esos sabios aleccionaban a Plejánov: "A los círculos obreros les son inaccesibles en general (¡sic!) las tareas políticas en el sentido real, práctico de esa palabra, es decir, en el sentido de una lucha práctica, conveniente y eficaz, por reivindicaciones políticas" (Respuesta de la redacción de "R.D.", pág. 24). ¡Hay círculos y círculos, señores! Desde luego, a un círculo de "artesanos" le son inaccesibles las tareas políticas, mientras esos artesanos no comprendan el primitivismo de su trabajo y no se desembaracen de él. Pero si, además, esos artesanos tienen apego a sus métodos, si escriben siempre en cursiva la palabra "práctico" y se imaginan que el practicismo exige de ellos que rebajen sus tareas al nivel de la comprensión de los sectores más atrasados de las masas, entonces, por supuesto, serán incorregibles y, en efecto, las tareas políticas les serán inaccesibles en general. Pero a un círculo de adalides como Alexéiev y Myshkin, Jaulturin y Zheliábov les son accesibles las tareas políticas en el sentido más real, más práctico, de la palabra. Y les son accesibles precisamente por cuanto sus fogosos discursos encuentran eco en la masa que se despierta espontáneamente; por cuanto su impetuosa energía es secundada y apoyada por la energía de la clase revolucionaria. Plejánov tenía mil veces razón no sólo cuando indicó cuál era esta clase revolucionaria, no sólo cuando demostró que su despertar espontáneo era inevitable e ineludibles, sino también cuando incluso señaló a los "círculos obreros" una tarea política grande y sublime. Y ustedes invocan el movimiento de masas, surgido desde entonces, para rebajar esa tarea, para reducir la energía y el alcance de la actividad de los "círculos obreros". ¿Qué es esto sino apego del artesano a sus métodos? Se vanaglorian de su espíritu práctico y no ven el hecho conocido de todo militante ruso entregado a la labor práctica: que milagros puede hacer en la obra revolucionaria la energía no sólo de un círculo, sino incluso de un individuo. ¿O creen que en nuestro movimiento no pueden existir adalides como los que existieron en los años 70? ¿Por qué razón? ¿Por qué estamos poco preparados? ¡Pero nos preparamos, nos seguiremos preparando y llegaremos a estar preparados! Es cierto que, por desgracia, en agua estancada de la "lucha económica contra los patronos y el gobierno" se ha criado entre nosotros verdín: han aparecido personas que se postran ante la espontaneidad y contemplan con unción (como dice Plejánov) "la parte trasera" del proletariado ruso. Sin embargo, sabremos limpiarnos ese verdín. Es ahora precisamente cuando el revolucionario ruso, guiándose por una teoría verdaderamente revolucionaria y apoyándose en una clase verdaderamente revolucionaria que despierta de manera espontánea, puede al fin -¡al fin! – alzarse cuan alto es y desplegar todas sus fuerzas de gigante. Para ello sólo hace falta que entre la masa de militantes dedicados a la actividad práctica –y entre la masa, mayor aún, de quienes sueñan con la práctica ya desde el banco de la escuela – sea acogido con burla y desprecio todo intento de rebajar nuestras tareas políticas y el alcance de nuestra labor de organización. ¡Y lo conseguiremos, señores, pueden estar seguros de ello!
En el artículo ¿Por dónde empezar? he escrito contra Rabócheie Dielo: "En veinticuatro horas se puede cambiar de táctica en la agitación respecto a algún problema especial, se puede cambiar de táctica en la realización de algún detalle de organización del partido; pero cambiar, no digamos en veinticuatro horas, sino incluso en veinticuatro meses de criterio acerca de si hace falta en general, siempre y en absoluto una organización combativa y una agiación política entre las masas es cosa que sólo pueden hacer personas sin principios"*. Rabócheie Dielo contesta: "Esta acusación de Iskra, la única que pretende estar basada en hechos, carece de todo fundamento. Los lectores de R.. Dielo saben muy bien que nosotros, desde el comienzo mismo, no sólo hemos exhortado a la agitación política, sin esperar a que apareciera Iskra…" (diciendo al paso que, no ya a los círculos obrero, "ni aun siquiera al movimiento obrero de masas se le puede plantear como primera tarea política la de derribar el absolutismo", sino únicamente la lucha por reivindicaciones políticas inmediatas, y que "las reivindicaciones políticas inmediatas se hacen accesibles a las masas después de una o, en todo caso, de varias huelgas")…, "sino que, con nuestras publicaciones hemos proporcionado desde el extranjero a los camaradas que actúan en Rusia los únicos materiales de agitación política socialdemócrata…" (y en estos materiales no sólo han practicado con la mayor amplitud la agitación política exclusivamente en el terreno de la lucha económica, sino que han llegado, por fin, a la conclusión de que esta agitación limitada es "la que se puede aplicar con la mayor amplitud". ¿Y no advierten ustedes, señores, que su argumentación demuestra precisamente la necesidad de que apareciera Iskra –en vista del carácter de esos materiales únicos – y la necesidad de la lucha de Iskra contra Rabócheie Dielo?)… "Por otra parte, nuestra actividad editorial preparaba en la práctica la unidad táctica del partido…" (¿la unidad de convicción de que la táctica es un proceso de crecimiento de las tareas del partido, las cuales crecen junto con éste? ¡Valiente unidad!)… "y, con ello, la posibilidad de crear una "organización de combate" para cuya formación ha hecho la Unión todo lo que está al alcance de una organización residente en el extranjero" (R. D. núm. 10, pág. 15). ¡Vano intento de salir del paso! Jamás se me ha ocurrido negar que han hecho ustedes todo lo que estaba a su alcance. Lo que yo he afirmado y afirmo es que los límites de lo "accesible" para ustedes se restringen por la miopía de sus concepciones. Es ridículo hablar de "organizaciones de combate" para luchar por "reivindicaciones políticas inmediatas" o para "la lucha económica contra los patronos y el gobierno".
* Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 5, pág. 6. (N. de la Edit.)
Pero si el lector quiere ver perlas de enamoramiento "económico" de los métodos primitivos, tendrá que pasar, como es lógico, del ecléctico y vacilante Rab. Dielo al consecuente y decidido Rab. Mysl. "Dos palabras ahora sobre la llamada intelectualidad revolucionaria –escribía R. M. En el Suplemento especial, pág. 13- . es cierto que más de una vez ha demostrado en la práctica que está totalmente dispuesta a "entablar el combate decisivo contra el zarismo". Pero lo malo es que, perseguida de manera implacable por la policía política, nuestra intelectualidad revolucionaria tomaba esta lucha contra la policía política por una lucha política contra la autocracia. Por eso sigue aún sin encontrar respuesta a la pregunta de "dónde sacar fuerzas para luchar contra la autocracia"".
¿Verdad que es incomparable este olímpico desprecio que siente por la lucha contra la policía un admirador (en el peor sentido de la palabra) del movimiento espontáneo? ¡¡Está dispuesto a justificar nuestra inepcia para la actividad clandestina diciendo que, con el movimiento espontáneo de masas, no tiene importancia, en el fondo, la lucha contra la policía política!! Muy pocos, poquísimos suscribirán esta monstruosa conclusión: con tanto dolor siente todo el mundo las deficiencas de nuestras organizaciones revolucionarias. Pero si no la suscribe, por ejemplo, Martínov, es sólo porque no sabe o no tiene la valentía de reflexionar hasta el fin en sus propias tesis. En efecto, ¿acaso una "tarea" como la de que las masas planteen reivindicaciones concretas que prometan resultados palpables exige preocuparse de manera especial pro crear una organización de revolucionarios sólida, centralizada y combativa? ¿No cumple también esta "tarea" una masa que en modo alguno "lucha contra la policía política"? Más aún: ¿sería realizable esta tarea, si, además de un reducido número de dirigentes, no se encargaran de cumplirla también (en su inmensa mayoría) obreros que son incapaces en absoluto de "luchar contra la policía política"? Estos obreros, los hombres de medios de la masa, pueden dar pruebas de energía y abnegación gigantescas en una huelga, en la lucha contra la policía y las tropas en la calle, pueden decidir (y son los únicos que pueden), el desenlace de todo nuestro movimiento; pero precisamente la lucha contra la policía política exige cualidades especiales, exige revolucionarios profesionales. Y nosotros debemos preocuparnos no sólo de que las masas "planteen" reivindicaciones concretas, sino también de que la masa de obreros "destaque", en número cada vez mayor, a estos revolucionarios profesionales. Llegamos así al problema de las relaciones entre la organización de revolucionarios profesionales y el movimiento puramente obrero. Este problema, poco reflejado en las publicaciones, nos ha ocupado a nosotros, los "políticos", mucho tiempo en pláticas y discusiones con camaradas más o menos inclinados al "economismo". Merece la pena que nos detengamos en él especialmente. Pero terminemos antes de ilustrar con otra cita nuestra tesis sobre la relación entre el primitivismo en el trabajo y el "economismo".
"El grupo Emancipación del Trabajo –decía el señor N.N. en su Respuesta (75) –exige que se luche directamente contra el gobierno, sin pensar dónde está la fuerza material necesaria pasa esa lucha ni indicar qué caminos ha de seguir ésta". Y subrayando estas últimas palabras, el autor hace a propósito del término "caminos" la observación siguiente: "Esta circunstancia no puede explicarse por fines conspirativos, ya que en el programa no se trata de una conjura, sino de un movimiento de masas. Y las masas no pueden avanzar por caminos secretos. ¿Es posible, acaso, una huelga secreta? ¿Es posible celebrar en secreto una manifestación o presentar en secreto una petición?" Vademécum, pág. 59). El autor ha abordado de lleno tanto la "fuerza material" (los organizadores de las huelgas y manifestaciones) como los "caminos" que debe seguir esta lucha; pero se ha quedado, sin embargo, confuso y perplejo, pues se "prosterna" ante el movimiento de masas, es decir, lo considera algo que nos exime de nuestra actividad revolucionaria, y no algo que debe alentar e impulsar nuestra actividad revolucionaria. Una huelga secreta es imposible para quienes participen en ella o tengan relación inmediata con ella. Pero para las masas de obreros rusos, esa huelga puede ser (y lo es en la mayoría de los casos) "secreta", porque el gobierno se preocupará de cortar toda relación con los huelguistas, se preocupara de hacer imposible toda difusión de noticias sobre la huelga. Y aquí es necesaria la "lucha contra la policía política", una lucha especial, una lucha que jamás podrá sostener activamente una masa tan amplia como la que participa en las huelgas. Esta lucha deben organizarla, "según todas las reglas del arte", personas cuya profesión sea la actividad revolucionaria. La organización de esta lucha no se ha hecho menos necesaria porque las masas se incorporen espontáneamente al movimiento. Al contrario: la organización se hace, por eso, más necesaria, pues nosotros, los socialistas, faltaríamos a nuestras obligaciones directas ante las masas si nos supiéramos impedir que la policía haga secreta (y si a veces no preparásemos nosotros mismos en secreto) cualquier huelga o manifestación. Y sabremos hacerlo precisamente porque las masas que despiertan espontáneamente destacarán también de su seno a más y más "revolucionarios profesionales" (siempre que no se nos ocurra invitan a los obreros, de diferentes maneras, al inmovilismo).
c. La organización de los obreros y la organización de los revolucionarios